El problema no es enseñar mal… es no activar a nadie

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  • ¿En qué momento empezamos a confundir estar conectados con estar aprendiendo?
  • ¿Quién nos hizo creer que mientras alguien escucha en silencio… algo valioso está ocurriendo?
  • Y peor aún… ¿por qué seguimos diseñando experiencias donde el facilitador hace casi todo… y el participante casi nada?

No es una crítica. Es una escena que se repite más de lo que quisiéramos admitir.

Hace un tiempo me pasó algo que todavía recuerdo con cierta incomodidad —de la buena—. Era una sesión virtual, como tantas. Todo listo: contenido, estructura, ejemplos. Arranqué, saludé… y me encontré con ese vacío que conocemos bien los que facilitamos: cámaras apagadas, chat inmóvil, energía baja. Esa sensación de estar “cumpliendo”… pero no provocando nada.

Pude haber seguido. De hecho, eso es lo que normalmente hacemos. Sostener la sesión, avanzar el contenido, esperar que algo ocurra.

Pero no. Paré.

Y dije algo que no estaba en ningún guion: “Si hoy vienes a escuchar, esta sesión no es para ti”.

Hubo un silencio incómodo, casi denso. Y luego apareció la pregunta que cambió todo: “Ok… entonces, ¿qué hacemos?

Ahí empezó el aprendizaje.

No cuando yo expliqué mejor.
Cuando alguien decidió participar.

Eso me confirmó algo que con los años he ido entendiendo con más claridad: el aprendizaje no ocurre por la calidad de la explicación… ocurre por el nivel de implicación. Y esa implicación no se impone. Se provoca.

Por eso dejé de hablar de alumnos. Porque la palabra ya viene cargada de pasividad. Prefiero hablar de Socios de Aprendizaje. No es un tema semántico, es una toma de posición. Un socio no espera que lo lleven, se involucra, decide, se equivoca, vuelve. Y sobre todo… conecta.

Porque si lo que aprende no logra verse en su vida —en su trabajo, en su conversación cotidiana, en sus decisiones— entonces no lo integra. Lo entiende, sí… pero lo deja ir.

Déjame preguntarte algo, y tómate un segundo antes de responderte: ¿la gente que participa contigo realmente puede imaginarse usando lo que aprende… o simplemente lo sigue mientras dura la sesión?

La diferencia entre esas dos cosas… es enorme.

Y aquí es donde el rol del facilitador cambia —o debería cambiar— de forma radical. Porque ya no se trata de explicar mejor. Se trata de diseñar condiciones para que otros hagan más que tú. Y eso, hay que decirlo, no siempre es cómodo. Porque implica ceder control.

Implica confiar.

Implica aceptar que el silencio no es vacío… sino espacio.

Siempre digo algo que a algunos les cuesta: el facilitador no es el centro del aprendizaje. Es el punto de partida. Y cuando uno se queda en el centro demasiado tiempo, algo se rompe. La gente deja de intentar, deja de pensar por sí misma… y empieza a depender.

Y el aprendizaje dependiente… no transforma.

Ahora bien, todo esto empieza mucho antes de la primera palabra. Empieza en cómo llegas tú. En tu estado. En tu presencia. En tu nivel de coherencia.

No puedes pedir energía si estás agotado.
No puedes pedir participación si estás rígido.
No puedes pedir apertura si tú mismo estás a la defensiva.

Eso se siente. Siempre.

Por eso insisto tanto —a veces hasta cansar— en que antes de preparar la sesión… hay que prepararse uno. Porque tú no solo facilitas contenido. Facilitas desde lo que eres en ese momento.

Y luego viene ese instante que muchos subestiman: el inicio.

No, no es un trámite. No es un saludo más. Es el momento donde decides si la gente entra… o se queda mirando desde afuera. Y entrar no es solo estar presente, es activarse. Moverse. Pensar. reaccionar.

Si el cuerpo no entra, la mente no se queda. Así de simple.

Y en lo virtual esto se multiplica. Porque la pantalla invita a la pasividad. Te deja ahí, quieto, cómodo, desconectado sin que nadie lo note.

Por eso el movimiento, la participación temprana, el pequeño quiebre… no son técnicas. Son decisiones.

Déjame ponértelo directo: ¿tus sesiones comienzan… o realmente arrancan?

Porque cuando arrancan, algo se siente distinto. La energía cambia. La gente aparece. Y cuando la gente aparece… el aprendizaje tiene una oportunidad real.

Con los años he ido simplificando muchas cosas. Y hay una que se me quedó grabada: el recurso más poderoso en cualquier experiencia de aprendizaje no es la tecnología, ni el contenido, ni la metodología.

Es la gente.

Siempre ha sido la gente.

Pero para que eso ocurra, hay que dejar de tratarlos como receptores… y empezar a tratarlos como fuente. Cuando eso pasa, el facilitador deja de llenar espacios… y empieza a abrirlos. Y ahí es donde aparecen cosas que no estaban en el guion. Preguntas, conexiones, ideas… aprendizaje vivo.

Y sí, eso es más impredecible. Pero también es más real.

Hay una frase que me acompaña desde hace tiempo, y cada vez cobra más sentido: el que explica, complica… el que involucra, transforma.

No es una consigna bonita. Es una advertencia.

Porque explicar es seguro. Involucrar… es exponerse.

Y ahora, te dejo algo para que no se quede en lectura y ya:

  • ¿Estás diseñando para que otros aprendan… o para que tú te sientas cómodo facilitando?
  • ¿Dónde estás reteniendo el control que deberías soltar?
  • ¿Y qué pasaría si en tu próxima sesión decides hablar menos… y provocar más?

No tengo respuestas perfectas. Pero sí tengo claro algo: el aprendizaje no ocurre cuando todo está bajo control.

Ocurre cuando alguien decide entrar.

Y eso… no se explica.

Se diseña.

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