Las técnicas no enseñan solas

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El verdadero oficio del facilitador virtual

Hay facilitadores que conocen veinte técnicas y apenas utilizan tres. Otros descubren una herramienta nueva y sienten la necesidad de estrenarla inmediatamente, aunque no venga al caso. Y están quienes siguen pensando que compartir una presentación por Zoom equivale a facilitar el aprendizaje.

Antes de continuar, te propongo tres preguntas.

  • ¿Cuántas técnicas de aprendizaje conoces y cuántas dominas realmente?
  • ¿Sabes distinguir entre una actividad entretenida y una que produce aprendizaje?
  • ¿Qué haces cuando descubres que tus participantes están conectados a la plataforma, pero desconectados de la experiencia?

La respuesta a estas preguntas dice bastante acerca de nuestra madurez como facilitadores.

Durante más de tres décadas he venido construyendo mi repertorio de herramientas educativas. Y cuanto más amplio se vuelve, más convencido estoy de algo que puede parecer contradictorio: saber muchas técnicas no garantiza saber facilitar.

Aquella noche en que las imágenes hablaron

El 23 de septiembre de 2022 vivimos una experiencia particular durante nuestro Programa Permanente de Formación de Facilitadores Virtuales Profesionales.

Presenté una actividad titulada Conociendo a mi facilitador, se facilita mi mundo. Los participantes debían descubrir características de sus facilitadores utilizando gestos e imágenes. Después, Rich Montor incorporó un juego en el que había que identificar películas mediante emojis.

Aquella sesión también incluyó improvisación y trabajo en pequeños grupos sobre inteligencia emocional.

Lo curioso fue que unas actividades aparentemente sencillas permitieron explorar asuntos bastante serios: comunicación no verbal, interpretación, colaboración y reconocimiento de los demás.

La tecnología estaba allí, desde luego. Pero no era la protagonista.

El valor pedagógico estaba en lo que hacían las personas con aquellas herramientas.

Y ese es precisamente el detalle que a veces se nos escapa.

Tres decisiones antes de elegir una técnica

En mi concepción del Aprendizaje Acelerado existen tres componentes inseparables: filosofía, técnica y contexto.

La filosofía determina cómo comprendemos al ser humano que aprende. La técnica convierte esa intención en una actividad concreta. El contexto establece las condiciones físicas, sociales y emocionales en las que esa experiencia ocurre.

En uno de mis escritos sostuve que «cada persona es capaz de aprender mucho más de lo que ella misma cree posible».

Esa convicción orienta mi trabajo, pero necesita traducirse en decisiones observables.

En una sesión virtual, una pregunta bien diseñada puede resultar más útil que veinte diapositivas. Una breve conversación entre participantes puede abrir caminos que una explicación prolongada nunca consiguió abrir.

Primera pregunta de verificación: ¿la técnica que estás utilizando permite que tus socios de aprendizaje demuestren aquello que esperabas que aprendieran?

Si la respuesta es negativa, habrá que revisar el diseño. Así de sencillo.

El problema no es tener pocas herramientas

Con frecuencia recomiendo a los facilitadores desarrollar una caja de herramientas amplia y organizada: técnicas de apertura, exploración, integración, aplicación, recuperación y cierre.

También utilizo la regla 90-20-8, asociada con Bob Pike, como orientación para introducir participación frecuente y evitar exposiciones interminables. Pero no confundamos una pauta útil con una ley biológica: el aprendizaje no funciona con un cronómetro universal.

Algo semejante ocurre con lo que denomino Learning Mix: la diversidad de experiencias, conocimientos, condiciones y preferencias que encontramos en cada grupo.

Reconocer esa diversidad es importante. Sin embargo, no significa clasificar rígidamente a las personas como aprendices visuales, auditivos o kinestésicos. La investigación de Pashler y colaboradores (2008, pp. 116-117) no encontró evidencia suficiente para recomendar esa clasificación como fundamento general de la enseñanza.

Lo importante es ofrecer diferentes oportunidades para comprender, experimentar y aplicar.

Dunlosky y colaboradores (2013, pp. 35-36 y 40) encontraron respaldo importante para la práctica de recuperación y el aprendizaje distribuido en el tiempo. Dos recursos que podemos integrar perfectamente en nuestros espacios digitales.

Segunda pregunta de verificación: ¿pueden tus participantes recuperar y utilizar lo aprendido sin depender de tus explicaciones?

Aquí comienza una evaluación más seria de nuestro trabajo.

El momento en que conviene hacer menos

En una reflexión reciente compartí una convicción:

«No todo aprendizaje significativo es visible en el momento en que ocurre».

Por eso defiendo las pausas, los silencios y el tiempo para pensar. No necesitamos llenar cada minuto con una actividad diferente.

En ocasiones, el facilitador virtual debe resistir la tentación de intervenir. Permitir que alguien piense, ensaye, se equivoque y encuentre sus propias palabras también forma parte del oficio.

Te propongo algo concreto: en tu próxima sesión, selecciona una técnica que utilices habitualmente. Revisa su propósito, cambia la manera de aplicarla y comprueba qué pueden hacer tus participantes al finalizar.

No evalúes solamente si les gustó. Examina qué aprendieron y cómo podrían aplicarlo.

Me gustaría que salieras de esta lectura con tres inquietudes:

  • ¿Qué técnica estás utilizando por costumbre y ya merece una revisión?
  • ¿Cuánto protagonismo real tienen tus socios de aprendizaje durante tus encuentros virtuales?
  • ¿Qué cambiarías mañana si tu éxito como facilitador dependiera menos de lo que explicas y más de lo que tus participantes consiguen hacer?

Una última reflexión

Después de tantos años formando facilitadores, sigo descubriendo que nuestro mayor desafío no consiste en incorporar más técnicas, sino en desarrollar la sensibilidad necesaria para elegir la adecuada en el momento oportuno.

La virtualidad nos ofrece posibilidades maravillosas, pero también nos exige algo profundamente humano: observar, escuchar, interpretar y responder a las necesidades de quienes aprenden con nosotros. Una técnica puede despertar curiosidad, provocar una sonrisa o facilitar un descubrimiento. Pero su verdadero valor aparece cuando ese descubrimiento se convierte en una nueva capacidad para actuar.

Al final, querido colega, nuestro oficio no consiste en demostrar cuánto sabemos enseñar, sino en crear las condiciones para que otros descubran cuánto son capaces de aprender. Y eso, créeme, merece toda nuestra dedicación.

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